Por Joey Ayoub para The Tahrir Institute for Middle East Policy (TIMEP)

Un grupo de trabajadoras extranjeras marcha por las calles del Líbano. [Imagen provista por TIMEP/Fuente desconocida]

En un video publicado en Facebook, seis activistas se encargaron de explicar en seis idiomas (inglés, swahili, akan, somalí, francés y kinyarwanda) que la Kafala “es un sistema de patrocinio explotador que se encuentra en Medio Oriente y a través del cual el empleador tiene el control total sobre sus empleados”. El sistema Kafala, cuyo nombre proviene de la palabra árabe para ‘patrocinio’, domina las vidas de los trabajadores migrantes en el Líbano, Jordania y el Golfo.

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Con el advenimiento de la revolución de octubre de 2019, Líbano se encontró particularmente en el centro de atención por el trato a trabajadoras domésticas migrantes, la mayoría de las cuales provienen de Etiopía, Filipinas, Sri Lanka y otros países africanos y asiáticos. Estas trabajadoras señalan que ninguna revolución libanesa será completa sin abordar el racismo sistemático que existe en el país. Como el reciente movimiento que siguió al brutal asesinato de George Floyd en Estados Unidos, Black Lives Matter, varios activistas migrantes racializados aprovecharon la mayor atención a los temas relacionados con la discriminación racial para condenar los horrores del sistema Kafala y pedir por su abolición.

Una característica destacada regularmente del Kafala es que el estatus legal de los trabajadores migrantes depende completamente de sus empleadores. Si por cualquier motivo, el o la trabajador/a elige o se ve obligado a abandonar la casa o la empresa de su patrocinador, inmediatamente se lo considera un inmigrante ilegal en el país, y queda a merced de las fuerzas de seguridad libanesas. Pueden pasar meses o años antes de que esa persona salga de la cárcel para ser deportada, y muchas no logran salir con vida.

También hay un componente de género en el Kafala, porque es una fuerza laboral mayoritariamente femenina. Son mujeres racializadas en una sociedad patriarcal con un problema de racismo. Además, el trabajar a puerta cerrada en los hogares pone a las trabajadoras en mayor riesgo de abuso físico y emocional.

Aunque el movimiento anti-Kafala se hizo oír cada vez más a lo largo de los años, los gobiernos libaneses se negaron hasta ahora a abolir el sistema Kafala. De hecho, las trabajadoras domésticas migrantes han pedido su abolición y ganaron el apoyo de aliados a lo largo de los años. Por ejemplo, organizaron marchas anuales en el Día del Trabajo, establecieron el Sindicato de Trabajadoras del Hogar, y tomaron y/o dieron clases de inglés y árabe para facilitar el proceso de adaptación y residencia en el Líbano.

Recientemente, activistas del colectivo por los derechos de las migrantes etíopes Egna Legna con sede en Beirut están organizando una campaña para la repatriación de sus colegas. Además, la organización brinda apoyo directo a migrantes de todos los orígenes. En cuanto al Comité de Sierra Leona, por citar un segundo ejemplo, proporciona refugio a compatriotas que escapan de los hogares donde sufren abuso.

Algunas organizaciones, como Egna Legna, incluso adoptaron un enfoque explícitamente feminista al vincular el racismo con el patriarcado en el Líbano. Siendo que el país cayó en una profunda crisis económica, la cual fue agravada por la pandemia de COVID-19, junto a la más reciente y devastadora explosión de Beirut, estos casos desesperados aumentaron en los últimos meses. También lo han hecho las redes que brindan apoyo.

El problema es estructural

Si bien siempre hubo una pequeña pero significativa opinión anti-Kafala entre la sociedad civil libanesa, la cuestión fue ignorada mayormente durante las tres décadas tras el final de la guerra civil en 1990. Incluso cuando se plantea el tema, rara vez se incluye a las mismas trabajadoras migrantes. De hecho, la tendencia más común consiste en que los libaneses se dirijan a otros libaneses en lugar de ser una plataforma para las víctimas de este sistema. Además, las campañas tradicionales contra la Kafala tienden a centrarse en actos individuales y visibles de abuso, optando por ‘generar conciencia’ entre la población libanesa. Además de no otorgarles a estas trabajadoras su propio poder de agencia, este enfoque tampoco comprende los componentes estructurales más amplios que facilitan la existencia del sistema.

En su conversación conmigo, Daryn Howland, una investigadora de Beirut que recientemente terminó su tesis de maestría sobre el sistema Kafala, enfatizó los componentes estructurales detrás de la racialización y deshumanización de las trabajadoras domésticas migrantes. A saber, estos son: su mercantilización, inferiorización, criminalización y sexualización. Según Howland, todos estos componentes son cruciales para que se mantenga un sistema tan cruel. En pocas palabras, empleadores y trabajadores libaneses por igual deben creer que las trabajadoras domésticas migrantes son inferiores a ellos. De hecho, la deshumanización de esta fuerza laboral por medio de estos cuatro componentes no solo fomenta la separación estricta entre los empleadores libaneses y las trabajadoras domésticas migrantes. También alienta la separación entre las trabajadoras migrantes y la fuerza de trabajo local.

A menudo, este proceso se da por medio de la creación de ‘cuartos de servicio’ en las casas libanesas (de clases media y alta), y mediante las humillaciones físicas y psicológicas infligidas diariamente a estas trabajadoras. Se ve reforzado por la restricción de movimiento impuesta a estos trabajadores que los separa del resto de la población activa del país. Howland señaló que la deshumanización debilita el potencial de la solidaridad de clase, y  abre el camino para que estos trabajadores migrantes sean explotados por la clase trabajadora local, aunque las agencias de contratación atienden a una clientela mayoritariamente de clase media y alta.

De esta manera, la nacionalidad se vuelve en última instancia el principal calificador de la diferencia. Estas separaciones hacen que la mayoría de los espacios sean inaccesibles para los y las migrantes en el Líbano. Esto incluye a las protestas contra el gobierno.

Dentro de la población libanesa se desarrolló todo un vocabulario que facilita el proceso de deshumanización. Palabras como ‘esrilanquesa’ (‘sirlankyyeh’ en árabe libanés) denotan tanto una nacionalidad como la profesión. De este modo, por ejemplo, una trabajadora doméstica inmigrante etíope podría ‘trabajar como una esrilanquesa’. Como anécdota, esto se resume mejor con la pregunta ‘¿es su esrilanquesa etíope o filipina?’ (‘Sirlankytak/ik essyopiyyeh aw filipinyyeh?’). Más, se suele utilizar casi exclusivamente en su forma femenina.

Esta ‘inferiorización’, por usar la terminología de Howland, se combina con un proceso de mercantilización. Este está mejor simbolizado por los grupos de compra y venta de Facebook donde se publican trabajadoras domésticas migrantes en venta por empleadores libaneses. Si bien provocaron cierta indignación, éstos siguen siendo frecuentes. Otro ejemplo es cómo los empleadores o agencias describen a estas mujeres con sus ‘características y habilidades’ (nacionalidad, edad, altura, peso, etc.).

A medida que el Estado libanés delega efectivamente el sistema de Kafala en agencias privadas, cualquier respuesta solicitada por las trabajadoras del hogar migrantes contra sus patrocinadores libaneses se vuelve casi imposible. Por su parte, los ciudadanos libaneses comunes participan aún más en el sistema al dar por sentada esta separación entre libaneses y no libaneses. En otras palabras, el sistema de Kafala es mantenido por la sociedad libanesa en su conjunto. Solo se puede sostener porque todos los componentes del país (el Estado, la agencia de empleo, el hogar y el público) tienen una participación.

En cuanto a los otros dos componentes, la criminalización y la sexualización, éstos hacen referencia al hecho de que las trabajadoras domésticas migrantes están legalmente vinculadas a los hogares libaneses como trabajadoras racializadas. Su sometimiento se ve reforzado estructuralmente por la simple realidad de que cualquier desafío contra las rutinarias prácticas de abuso conducen al castigo de la mujer racializada en lugar de los empleadores libaneses o los civiles en general. Su sexualización agrava aún más su lucha multidimensional en una sociedad altamente patriarcal que vigila sus cuerpos. Esto puede tomar la forma de acoso sexual, violación, así como abuso físico y/o emocional, tanto dentro del hogar como en la calle.

Situación actual y recomendaciones

La crisis económica se profundizó con la pandemia de COVID-19 que aceleró la caída del Líbano, y la más reciente explosión del puerto de Beirut, dejó a las trabajadoras domésticas migrantes en situaciones de extrema vulnerabilidad. Al momento de redactar este texto, varias trabajadoras domésticas migrantes intentan salir del Líbano a través de sus embajadas o consulados. Muchas de ellas ya no tienen acceso a sus pasaportes, porque sus empleadores se los retuvieron. Trabajadoras etíopes y gambianas protestaron frente a su consulado para exigir la repatriación.

Migrantes keniatas hicieron demandas similares después de huir del “abuso físico o sexual, salarios impagos u otros atropellos en los hogares de sus empleadores”, según señaló un medio de comunicación africano. El mismo dió el ejemplo de una trabajadora que fue abandonada por sus empleadores libaneses el 17 de agosto. El grupo This is Lebanon, un colectivo de activismo migrante, se destacó por compartir información de abusadores libaneses en sus redes sociales. Ahora, la organización hace campaña para la evacuación de los trabajadores bajo la consigna ‘#SendUsHome’ (N.d.T.: ‘envíanos a casa’, en inglés) .

Sin embargo, regresar a casa no es una opción fácil para muchas trabajadoras. Sus embajadas les exigen hacerse pruebas de PCR para detectar casos de COVID-19 antes de salir del país. Esto, a pesar de que enfrentan problemas de movilidad (al carecer de licencias de conducir, no pueden acceder a automóviles) para llegar a los centros de pruebas.

Suponiendo que logren hacerse el examen, aún tendrán que pasar por la seguridad aeroportuaria que podría detenerlas por no tener pasaportes, aún si su embajada les proporciona permisos temporales para su viaje. Luego, podrían ser obligadas a ingresar en prisiones abarrotadas (al haber dejado de ser trabajadoras legales en hogares libaneses). De esta forma, las trabajadoras se ven expuestas a contraer COVID-19 y enfrentar otros traumas a manos de los guardias varones, antes de ser deportadas.

Incluso al salir, pueden interponerse muchos obstáculos en el camino, como el envío de mensajes contradictorios por parte de sus consulados o embajadas (como sucedió con las etíopes), o la cancelación de vuelos, cancelaciones relacionadas con el COVID-19, hostigamiento por parte de las fuerzas de seguridad libanesas, etc. La continua lucha de la trabajadora por hacer algo tan simple como salir del país resume la crueldad de las múltiples capas del sistema de Kafala y la sociedad que lo sostiene.

Como no existe una ley formal llamada Kafala, su abolición práctica requiere que las trabajadoras migrantes sean incluidas en las leyes laborales libanesas. Así, podrían acceder más fácilmente a derechos como el salario justo, sindicatos, salida de hogares o empresas abusadoras, etc. La idea es reducir su dependencia de los empleadores libaneses que confiscan pasaportes, retienen salarios, restringen la libertad de movimiento, abusan física o verbalmente de esta fuerza laboral o incluso se dedican a la trata de personas.

Su protección bajo la ley laboral libanesa le devolvería a las trabajadoras su poder de agencia y les permitiría conectarse con otros miembros de la sociedad libanesa en un pie de mayor igualdad. Si bien abolir la Kafala no significa el fin del racismo en el Líbano, sí reduce significativamente la capacidad de los empleadores racistas de retener a sus empleadas. Esto dará a las trabajadoras más libertad para decidir dónde trabajar y en qué condiciones.

Sin embargo, vale la pena señalar que aunque la abolición del sistema de Kafala es una demanda central de todos los grupos de migrantes, el regreso a sus lugares de origen es una prioridad urgente y solicitada por trabajadores y activistas migrantes. Las agrupaciones, incluyendo a This is Lebanon, están pidiendo a la comunidad internacional que presione a sus respectivas embajadas o consulados para repatriar a las trabajadoras sin tener que atravesar estos múltiples obstáculos (financieros o de otro tipo) que se interponen en su camino.

Incluso si se aboliera el sistema de Kafala, algo que el gobierno actual no ha mostrado interés en hacer, las trabajadoras migrantes aún estarían atrapadas en un país donde sus salarios se redujeron significativamente en los últimos meses. Si antes de la crisis lograban ahorrar algo de dinero para enviar a su casa, ahora esto se volvió casi imposible.

Para dar un ejemplo: Mohamad Jamal era un trabajador bengalí de 20 años que murió en la explosión de Beirut. Antes de su muerte, ganaba el equivalente a USD 55 mensuales pero ni siquiera podía enviar esa cantidad a su familia debido a las restricciones bancarias establecidas. La historia de Jamal ejemplifica cómo la situación de los trabajadores migrantes en el Líbano empeoró drásticamente en los últimos meses, y por qué la repatriación es ahora una prioridad urgente para estos grupos.

[Se prohíbe expresamente la reproducción total o parcial, por cualquier medio, del contenido de esta web sin autorización expresa y por escrito de El Intérprete Digital]

Joey Ayoub es Doctorando en Análisis Cultural en la Universidad de Zurich. También posee un Máster en Estudios Culturales por la Escuela de Estudios Orientales y Africanos de la Universidad Londres. Además de colaborar como columnista con varios medios, encabeza el blog ‘Hummus for Thought’ y conduce el podcast titulado ‘The Fire These Times’.

N.d.T.: El artículo original fue publicado el 1 de septiembre de 2020 por TIMEP.

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